PRESENTACIÓN
LAS PENAS CON HUMOR SON MENOS PENAS
Este es el blog suboficial de PENURIAS EXQUISITAS, mi primera novela. Pero, sobre todo, es un espacio dedicado a la literatura de humor en el sentido más amplio de la expresión. Si un relato entretiene a quien lo lee y le ayuda a olvidarse de sus problemas por unos instantes, bienvenido sea. Aunque en el texto no se realice un alarde estilístico o se haga una brillante reflexión filosófica o futbolística. Como diría un albañil: cuanto más divertida sea una obra, mejor. En palabras de Mariano, el protagonista de esta novela, "Si, además de entretener al sujeto lector, se provoca su hilaridad, se cobran dos volátiles de una detonación."
martes, 16 de abril de 2013
ENCUENTROS LITERARIOS DE CALAMOCHA (TERUEL)
El día trece de abril, tuve el honor de participar en uno de los Encuentros Literarios celebrados en la villa de Calamocha (soy el espécimen de la izquierda) junto a Manuel Quiroga Clérigo (centro de la imagen), ganador entre otros del último Concurso de Literatura Epistolar Amorosa de Calamocha. Mi aportación consistió en castigar al personal con una charla titulada "Amor y humor en literatura, un matrimonio de conveniencia",en la que fui enlazando una serie de divagaciones, más o menos serias, sobre los más logrados flechazos, braguetazos y cornamentas que aparecen en las obras de la literatura humoristica.
Agradezco sinceramente a la Sociedad Cultural y Deportiva de Calamocha la oportunidad que me brindó de participar en estas jornadas literarias y les felicito por su empeño en acercar la literatura al pueblo, o a la villa, en estos tiempos tan difíciles para la cultura.
Gracias.
lunes, 25 de marzo de 2013
CONSUMO GUSTO
El sábado pasado acudí por primera vez
al mercado. Las circunstancias de la vida –por fin he aprobado la oposición a
barrendero que llevaba estudiando desde que acabé el bachillerato- y la
insistencia de mis progenitores me han hecho volar prematuramente del nido
paterno a la tierna edad de cuarenta y dos años. Pasados unos días del
traumático desahucio, se me terminaron los víveres sustraídos a mis viejos y
traídos a mi nuevo apartamento de alquiler. Seguí los consejos de mi madre y,
la tarde del viernes, adquirí el carrito de la compra más grande que tenían en el chino del barrio y elaboré una detallada
lista de todo lo que necesitaba. Y, a las diez de la mañana del sábado, cogí mi
carro nuevo y salí a la calle dispuesto a descubrir el fascinante mundo del
consumo de proximidad.
Llegué al raído edificio del mercado, subí la rampa de la entrada y accedí al
interior de la inmensa nave. Por un instante creí hallarse dentro de un
gallinero, y no porque el primer puesto que me topé fuera una pollería-huevería,
sino por los estridentes cacareos que constituían el sonido ambiente. Comencé
mi expedición consumista en aquella misma parada, que estaba regentada por una
exuberante rubia de bote que llevaba un escote auténtico y muy generoso. Mientras
esperaba a que sirviera a otra clienta, me fui calentando por la visión
de la pechugona y me puse a sudar como un pollo en una sauna avícola. Cuando la
dependienta se inclinó hacia mí para entregarme la docena de huevos que le
pedí, un temblor de mil pares de cojones se apoderó de mi cuerpo y no me atreví
a coger los huevos por temor a hacerlos tortilla. Todavía estaríamos allí si no me
hubiese ayudado otra clienta que agarró mis huevos con decisión y los depositó
en el carrito de la compra. A continuación, y aunque no lo había apuntado en mi
lista, decidí adquirir también otra docenita, esta vez de pechugas, decisión
basada en la calidad del género que mostraba la abertura de la blusa de la
dependienta. Esta vez soporté con entereza la tentadora visión cuando me hizo
la entrega del pedido gracias a la colaboración de la otra clienta que, al ver que seguía abducido por la atractiva personalidad de la rubia, soltó
en voz alta: “Será pavo…”, a lo que yo repliqué sin dejar de mirar los pechos
de la huevera: “¡ No importa. Sea carne de pavo o de pollo, me gustan las
dos !” Y sin más incidentes, pagué mi compra y abandoné la pollería hecho un
gallito. Era un comienzo prometedor.
lunes, 4 de marzo de 2013
COREOGRAFÍA DE UNA VIRILIDAD INCIERTA
Me crié entre las faldas de mi madre. Mi
educación quedó por completo en sus manos tras la prematura muerte de mi progenitor.
Mientras mis compañeros de colegio jugaban a fútbol y probaban sus fuerzas
en peleas, yo me ejercitaba en el ballet
clásico o acompañaba a mi madre a recitales poéticos. Así que no fui consciente
de que mi hombría no era convencional hasta que abandoné el nido familiar para
incorporarme al servicio militar. Nunca olvidaré los gritos despiadados de
aquel sargento chusquero durante mi instrucción : ”Gutiérrez...A ver si damos
pasos de hombre que pareces una bailarina rusa... Nenaza.” Las palabras del suboficial
me despertaron de mi afeminado sueño materno a la vez que despertaban las masculinas risas de los
otros reclutas. Fue entonces cuando comencé a despejar las dudas sobre mi virilidad.
Comencé a reciclarme. Cambié mi forma de andar. Cada día me colocaba varios pares de calzoncillos hasta que su volumen hacía imposible un mínimo cruce de las piernas que se movían paralelas entre sí como cualquier varón. Ya me estaba acostumbrando cuando comenzaron las primeras calores, con el roce se me irritó la entrepierna y pasé el verano caminando como John Wayne. También prescindí de las mascarillas nutritivas para mi rostro. Cada noche me encerraba en un váter y durante media hora cubría mi rostro de rodajas de pepino. Me excusaba ante mis compañeros diciendo que sufría estreñimiento. Después de cada sesión tiraba los restos pringosos del pepino por la ventana, donde eran devorados por la cabra que era la mascota de nuestro regimiento. Tras unas semanas de tratamiento, el animal sufrió una descomposición crónica que estuvo a punto de acabar con su vida y el capitán amenazó con pasar por las armas al autor del envenenamiento.
Comencé a reciclarme. Cambié mi forma de andar. Cada día me colocaba varios pares de calzoncillos hasta que su volumen hacía imposible un mínimo cruce de las piernas que se movían paralelas entre sí como cualquier varón. Ya me estaba acostumbrando cuando comenzaron las primeras calores, con el roce se me irritó la entrepierna y pasé el verano caminando como John Wayne. También prescindí de las mascarillas nutritivas para mi rostro. Cada noche me encerraba en un váter y durante media hora cubría mi rostro de rodajas de pepino. Me excusaba ante mis compañeros diciendo que sufría estreñimiento. Después de cada sesión tiraba los restos pringosos del pepino por la ventana, donde eran devorados por la cabra que era la mascota de nuestro regimiento. Tras unas semanas de tratamiento, el animal sufrió una descomposición crónica que estuvo a punto de acabar con su vida y el capitán amenazó con pasar por las armas al autor del envenenamiento.
Abandoné
el uso del desodorante. Animado por las reprimendas del sargento que, dotado de
un apéndice olfativo excepcional, pasaba revista de axilas al terminar los
ejercicios para comprobar el grado de entrega de los soldados. Yo acababa
exhausto en cada sesión, pero el sargento no dejaba de amonestarme a voces
delante de mis compañeros: "No te esfuerzas Gutiérrez, hueles como un
bebé.” Desistí
en mi cruzada contra los malos olores. Había comprado dos ambientadores. Uno lo
dejé en la pequeña estancia donde dormía con otros tres soldados, escondido
debajo de mi litera. Una mañana que me encontraba resfriado, regresé al
barracón vacío y sorprendí a la mascota del regimiento cuando devoraba el
artilugio atraída por su color verde y
el olor a lavanda fresca. El otro ambientador lo coloqué en el interior del
carro de combate que conducía, escondido bajo el asiento. El teniente, alarmado
por el extraño tufo que desprendía el tanque, me ordenó llevarlo a los talleres
para que le realizaran una revisión completa y
me arrestó por no informar de la avería.
miércoles, 6 de febrero de 2013
ENCUENTRAN UN POLÍTICO HONRADO EN ESPAÑA
EL MUDO
Madrid, 7 de febrero de 2013
El insólito espécimen lleva veinte años ejerciendo de alcalde en una aldea de la Galicia rural sin aceptar sobornos ni meter la mano en la caja del ayuntamiento.
Increíble,
pero cierto. En el último número de la prestigiosa
revista Science, aparece publicado el asombroso descubrimiento
llevado a cabo por un laureado científico de la Universidad de
Camford. El doctor en antropología Indalecio Jones pasó
un año completo viviendo en la aldea de O Quinto Pino,
situada en una zona remota de las montañas de Lugo, para
ganarse la confianza de sus habitantes. Sólo así pudo
llevar a cabo el meticuloso estudio que ha culminado con el descubrimiento de Manoliño (nombre del inaudito político que, al frente de una lista independiente, ha sido reelegido cuatro veces como alcalde por sus convecinos gracias a su gestión eficiente y honesta).
A sus 60
primaveras, Manoliño sigue viviendo con su
esposa Marusiña en la vieja casa de piedra que heredó
de sus padres, se desplaza por el municipio en un tractor John Deere y vive
de los ingresos que obtiene de la explotación de veinte
vaquiñas y algunos castiñeiros.
Durante su investigación, el doctor Indalecio Jones no ha encontrado en el
comportamiento de Manoliño ninguna de las características
que concurren en cualquier político español. No es arribista ( a pesar de vivir arriba del monte) ni despilfarra el dinero en el consistorio (excepto cuando se le cae alguna moneda en el ayuntamiento porque se le ha roto el forro de un bolsillo). No sabe qué es el tráfico de influencias, el único tráfico que conoce es el de los tractores de la aldea. Es enemigo de las dietas y come de todo, sobre todo le gusta el lacón con grelos y la empanada que le prepara su Marusiña. En toda su vida, no ha enchufado nada excepto la ordeñadora para vaciar las ubres de sus vaquiñas. Su gestión no es opaca, aunque sí tiene una vecina que se llama Paquiña. Y los únicos pucherazos que conoce son los de caldo galego que le prepara su mujer.
A pesar de que, durante su estudio, el antropólogo intentó reconducir el
comportamiento de Manoliño con varias argucias (entregarle un maletín lleno de dinero para que permitiera construir LugoVegas, poner a su disposición una becaria maciza para que creara una
empresa pública en el ayuntamiento y colocara a todos su
amiguetes, regalarle trajes caros para que recalificara los mejores
prados como terrenos ubrenizables...), el político
no cayó en ninguna de sus trampas y rechazó los sobornos. Fue imposible
hacerle entrar en razón y, cada vez que el científico
le explicaba al aldeano que todos los políticos del país eran corruptos, Manoliño se encogía de hombros y decía:
“Bueno, puede que sí o puede que no”.
miércoles, 16 de enero de 2013
EL RATO CON VOTOS
CUENTO POPULAR

Érase una vez un país muy, muy roído, llamado Roenlandia. El presidente de un popular partido político, un ratoncete con bigote, se retiró de la vida pública dejando a su sucesor una ing-rata herencia en forma de rata macho (un Rato) instalada en el desván de su formación política. El Rato era un tipo del ¡Apa, rato! del partido y el heredero, una ratilla con barbilla, se olía que el Rato quería llevarse el gato al agua.
Y es que el Rato era un timo-rato (a la que te descuidabas, te timaba) y eso que parecía que el Rato nunca había rato un plato. Ya, cuando estudiaba en los Jesuitas, pasaba tras el Ratoncito Pérez por las habitaciones de los niños y cambiaba las monedas que Pérez les dejaba bajo la almohada por participaciones preferentes del arruinado Banco de las Cloacas. Luego llegó su fallido romance conla Ratita Presumida. Al saber que
no podría disponer del patrimonio de su novia tras el matrimonio porque
ella le exigía la separación de bienes para casarse, el Rato le dijo que no
quería pasar más rato con una rata tan rata y la dejó plantada como a una
patata. Y con artes rastreras, como maquillar las cuentas del país con sus piratizaciones
(venta de empresas públicas rentables a los pi-ratas privados) para que pareciesen
saneadas, llegó a ser muy popular entre los roelandeses.
Y es que el Rato era un timo-rato (a la que te descuidabas, te timaba) y eso que parecía que el Rato nunca había rato un plato. Ya, cuando estudiaba en los Jesuitas, pasaba tras el Ratoncito Pérez por las habitaciones de los niños y cambiaba las monedas que Pérez les dejaba bajo la almohada por participaciones preferentes del arruinado Banco de las Cloacas. Luego llegó su fallido romance con
De
manera que la ratilla con barbilla, sabedor de que el Rato sabía más que los
ratones coloraos, quiso deshacerse de él. Pero el Rato se le adelantó y le propuso
un t-rato: “Si me rati-ficas como roedor asesor del Banco Ratander y me das tu voto
para mandar en Rankia, te prometo que te ayudaré a conseguir los votos
necesarios para que seas presidente de Roenlandia”. La propuesta no cayó en saco rato. La ratilla con barbilla aceptó, así que se juntó
un Rato con un descosido.
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